Hay edificios que no solo ocupan un lugar en el callejero, sino en la memoria colectiva de una ciudad. Así ocurre con el inmueble de la antigua Banca Peral, en el número 4 de la calle Desamparados, cuya historia se entrelaza con las raíces mismas de Elche. Hoy, tras un derrumbe parcial de su interior, el Ayuntamiento ha iniciado el procedimiento para declarar el estado de ruina inminente del edificio, priorizando la seguridad pública. Pero mientras avanza el trámite, merece la pena detenernos y mirar atrás.
Mucho antes de que se construyera la Banca Peral, el solar que hoy ocupa ya era un lugar significativo. Allí se alzaba, desde el siglo XVII, la Ermita de Nuestra Señora de los Desamparados, una pequeña construcción religiosa que daba nombre a la calle. En 1817, tras una inspección del arquitecto municipal José Pomares, se certificaron importantes daños estructurales. El edificio no se reparó y terminó derrumbándose, dejando el solar vacío durante varias décadas.
Fue en 1870 cuando el empresario local Manuel Peral López vio en ese espacio una oportunidad para emprender. Fundó allí la Banca Peral, considerada el segundo banco más antiguo de Elche, y con el tiempo se convirtió en corresponsal del Banco de España y de Tabacalera. La actividad financiera creció y, a principios del siglo XX, Peral mandó construir dos edificios gemelos, donde ubicó las oficinas bancarias en la planta baja y su vivienda familiar en las superiores.
El edificio se diseñó con una clara inspiración modernista, muy similar en estilo a los conocidos Almacenes Parreño. Su fachada aún conserva balconadas de hierro forjado, una composición elegante de materiales nobles, y una escalera interior rematada por una claraboya piramidal de vidrio que llenaba de luz natural la vivienda. Este diseño, adelantado a su tiempo, convirtió a la Banca Peral en uno de los mejores ejemplos de vivienda burguesa del cambio de siglo que aún permanecen en pie en Elche.
Durante décadas, el inmueble fue testigo del dinamismo económico y social de la ciudad. En 1953, la entidad fue absorbida por el Banco de Vizcaya, que siguió utilizando los bajos del edificio. Más tarde, lo ocuparía el Banco Santander, hasta que el edificio fue cerrado y quedó en desuso. No obstante, su valor arquitectónico no pasó desapercibido: en 1982 se incluyó en el catálogo municipal de edificios protegibles, con protección estructural, una categoría reservada para inmuebles singulares que deben conservar tanto su fachada como los elementos internos que definen su uso original.
Ahora, el colapso parcial registrado el martes y la consiguiente actuación municipal abren un nuevo capítulo para este histórico inmueble. Desde Urbanismo aseguran que se están acelerando los trámites para poder intervenir con rapidez, y que la seguridad de vecinos y transeúntes es la prioridad. Los técnicos ya han descartado daños en el edificio colindante, cuyos residentes pudieron regresar tras un breve desalojo preventivo.
El futuro del edificio aún está por definirse. Pero mientras tanto, la Banca Peral sigue siendo un símbolo de una época, un punto de encuentro entre el pasado sagrado de la ciudad y su modernización financiera y arquitectónica. Quizás, más que un final, esta sea una oportunidad para recordar que cada edificio tiene una historia que contar. Y la de la Banca Peral, sin duda, es de las que merece ser escuchada.







Iván Hurtado




















