El calendario aún no marca el inicio oficial del verano, pero el campo de Elche y alrededores ya lo sufre como si fuera pleno agosto. Las altas temperaturas, que han rozado o superado los 34 grados en muchas zonas de la provincia durante la segunda quincena de mayo y buena parte de junio, han tenido efectos directos sobre el trabajo agrícola. Las consecuencias no son menores: maduración acelerada de los frutos, daños en las flores, incremento de las plagas, jornadas laborales más duras y costes que no dejan de subir. Los agricultores denuncian que, ante este panorama, no reciben el apoyo suficiente por parte de las instituciones.
Jose Vicente, agricultor de la provincia de Alicante, resume con claridad los efectos de esta ola de calor: “Tras una primavera fresca y húmeda, las frutas venían con retraso. Esperábamos una recolección progresiva, escalonada, pero el incremento brusco de temperaturas ha hecho que todo madure casi al mismo tiempo”. Según explica, esta situación genera una sobrecarga de trabajo en muy pocos días. “Tenemos que correr para recolectar todo antes de que la fruta se estropee, pero no siempre es posible. Se pierden kilos por falta de manos”, lamenta.
Los cultivos más afectados en esta primera parte del verano son, según Jose Vicente, las brevas, cerezas, albaricoques y otros frutos dulces típicos de junio y julio. “Las brevas, por ejemplo, no soportan una subida de 8 o 10 grados de un día para otro. Se abren, se pasan o se caen antes de poder recogerlas”, afirma.
Adaptación: “Empezamos a las seis de la mañana y paramos cuando el sol aprieta”
Además de ajustar el calendario de recolección, las condiciones extremas obligan a cambiar la organización del trabajo. “No puedes tener a los trabajadores a pleno sol a las dos de la tarde con 38 grados. Empezamos a las seis o seis y media de la mañana y cortamos sobre la una del mediodía. Es la única forma de evitar golpes de calor”, explica Jose Vicente. En invernaderos, añade, “se están blanqueando las cubiertas para bajar algunos grados la temperatura interior, pero no es suficiente cuando fuera estamos a 40”.
En su opinión, las medidas son más de contención que de solución real: “Podemos regar más, trabajar más rápido, organizar turnos distintos… pero al final, eso implica más gasto y más estrés, tanto para las plantas como para las personas”.
Impacto en la calidad y previsiones a la baja
En cuanto a los efectos en la calidad de los cultivos, Jose Vicente advierte que las primeras olas de calor “no afectan tanto si el fruto ya está desarrollado”. Sin embargo, en cultivos de otoño como los cítricos “las consecuencias son graves: frutos más pequeños, peor sabor y quemaduras por el sol”. El aumento de plagas es otro factor preocupante: “A mayor temperatura, más incidencia, y eso incrementa los costes en tratamientos fitosanitarios”.
Alfredo Sogorb, agricultor de almendro, olivar y viñedo, confirma que el calor extremo en fases críticas como la floración ha hecho estragos, especialmente en el olivo. “Cuando el olivo está en flor y hace este calor, la cosecha se quema. Ha mermado mucho este año. El almendro y la viña han resistido mejor”, explica. Alfredo advierte que el problema no es puntual: “El calor fuerte ya no llega en julio y agosto, como antes. Ahora lo tenemos en mayo y junio”.
El riego salva… pero encarece
Uno de los recursos más importantes para combatir el calor es el agua. Sin embargo, regar más tiene consecuencias directas en los costes. “A más calor, más necesidad de riego. Y eso significa más gasto”, explica Jose Vicente. “Aunque este año la primavera ha sido generosa en lluvias, cuando llega una ola de calor tan pronto, las reservas bajan rápido”.
El aumento de plagas es otra preocupación recurrente. “Con el calor aparecen más insectos, más hongos, más todo. Cada plaga que se multiplica implica un tratamiento, y cada tratamiento cuesta dinero. A veces el agricultor gasta más en intentar salvar la cosecha que en lo que acaba ingresando por ella”, señala.
Costes al alza y falta de apoyo
Ambos coinciden en que el calor incrementa el gasto en agua y tratamientos, aunque Alfredo matiza que los costes más importantes no se deben solo al clima: “Es un proceso anual, con insumos como el fertilizante o el gasoil subiendo todo el tiempo. El gasoil está disparado”.
Sobre el apoyo institucional, las críticas son claras. “Por ahora, por el tema del calor, no hemos recibido nada”, lamenta Sogorb. Las ayudas de la PAC, explica, son generales y no responden a emergencias concretas como una ola de calor. Además, denuncia la desigualdad en el mercado: “Europa exige mucho al agricultor local, pero permite la entrada de productos de terceros países con condiciones más laxas. No competimos en igualdad”.
La llamada “ley de la cadena alimentaria”, que prohíbe vender por debajo del coste de producción, tampoco ha servido, según Sogorb: “Eso no se está cumpliendo. Si produces a un coste y luego vendes por debajo, te estás asfixiando”.
Mirando al futuro con incertidumbre
Ambos agricultores coinciden en que la situación no es sostenible si no se adoptan cambios profundos. “Necesitamos un apoyo real a la agricultura. No solo dinero, también planificación, infraestructuras, control de las importaciones y una apuesta clara por el producto local”, reclama Jose Vicente.
“Ser agricultor en España se ha vuelto muy complicado”, sentencia Sogorb. “El clima cambia, los precios suben, las normas se endurecen… y nosotros estamos solos, luchando cada campaña con menos márgenes y más riesgos”.
La tierra sigue dando frutos, pero cada vez a un precio más alto. Para muchos, no solo económico, sino también emocional. El campo resiste, pero con cada ola de calor, se resquebraja un poco más.










Iván Hurtado




















