Se sentía bien con sus cuarenta y cinco. Tras años de lucha mental, bastante trabajo de terapia psicológica y mucho diálogo interno consigo misma, acababa de pasar la barrera del autoconocimiento.
Escuchaba a su cuerpo. Sabía qué deporte practicar. Conocía qué alimentos le sentaban bien y cuáles, a pesar de encantarle, debía reducir. Elegía las prendas que favorecían su aspecto. Dominaba sus emociones cuando alguien no le caía bien… Había dejado de ser esclava de su mente, enemiga de sus pensamientos y prisionera de la opinión de los demás. Se encontraba en un punto de su vida en que, por fin, se sentía a gusto, feliz y divertida.
Y en ese estado de paz interior, sucedió que la invitaron a una reunión de antiguos alumnos de la Universidad de Elche. Le pareció curioso que aquello le entusiasmara: iba a reencontrarse con gente que no veía desde hacía entre veinte y veinticinco años. ¿Cómo estarían sus compañeras y compañeros? ¿Qué aspecto tendrían aquellos chicos y chicas que recordaba? El tiempo no perdona casi nada. Revisó las fotos que conservaba entre sus álbumes, y desempolvó bonitos recuerdos que atesoraba de su época universitaria.
Llegó el día del acontecimiento. Una gran sala reservada, en un precioso y moderno restaurante del centro, les permitiría encontrarse con su juventud, con sus memorias, con simpatías y quizás con alguna que otra sorpresa. Ella había hecho sus deberes repasando las joviales caras de la orla de graduación, estudiando los nombres y apellidos de todos y cada uno de sus compañeros, de todas y cada una de sus amigas. Estaba algo nerviosa…
El recibimiento fue tremendo. El hall del restaurante, convertido en la antesala de la emocionante jornada, recibía abrazos, besos, risas, saltitos de alegría… La ilusión era adivinar quién entraba por la puerta, conforme iban llegando las personas invitadas a través del grupo de WhatsApp creado para el evento.
—¡Madre mía! ¡Estás igual!
—¡Tú también! ¡No has cambiado nada!
—¡Pues yo creo que estás mucho mejor! ¡Mírate!
—¡Sí, sí! ¡Estás mejor! ¡Más juvenil!
—¡¿Qué has hecho para conservarte tan bien?!
Halagos, piropos, cumplidos… Todo era positivo.
—¿Os acordáis de aquel fin de semana que pasamos en casa de María?
—¿El año que fuimos a “las sevillanas” de Torrevieja?
—¡Madre mía! ¡Qué recuerdos!
—¡Yo no fui! ¡Contadme!
Bromas, chismes, anécdotas, confidencias…
La comida transcurrió entretenida poniéndose al día sobre el trabajo, la vida personal, los planes cumplidos…
—Ni me he casado nunca, ni he tenido niños… Nada de nada.
—Yo sí me he casado, pero no tenemos hijos.
—No os perdéis nada… Yo me acabo de divorciar y ahora estamos de peleas con los críos para arriba y para abajo…
—Yo también me estoy separando.
—¡Pues yo me acabo de casar!
—¿De segundas?
—¡Nada de segundas! ¡De primeras y a los cuarenta y siete! ¡Ja, ja!
—¿Aprobaste la oposición?
—Sí, sí. Ahí estoy. Lo malo es que me destinaron en Madrid… Ahora solo vengo a Elche los fines de semana.
—¿Sabéis que Pepe es profe en un instituto de Alicante?
—¿Profe? ¡Vaya tela!
—Yo me dejé mi puesto en el Ayuntamiento. Llevo varios años gestionando la biblioteca…
—¿Qué me dices? ¡Qué chulo! ¡Cuéntame!
Después de comer, hacer muchas fotos —muchas, muchas fotos— y pagar el menú pactado, fueron hacia el centro buscando un pub para el tardeo. La Plaza de Santa María lucía más bonita que nunca, recibiendo los fantásticos colores del atardecer en el otoño ilicitano.
Cócteles y combinados ayudaron a relajar más el ambiente y la sinceridad de las confesiones:
—No parece que hayan pasado veinte años…
—¡Es cierto! ¡Os miro y os veo igualitos!
—Tengo la sensación de que seguimos en la uni y hemos vuelto al siguiente curso después de todo el verano sin vernos…
—Ja, ja, ja… ¡A mí también me lo parece!
—Bueno, igualitos, igualitos… Yo ya no tengo pelo…
—¡Tú no tienes pelo, y yo peso el doble! Voy a apuntarme al gimnasio.
—¡Anda y anda! ¡Qué exagerada!
—¡Pues no se te nota!
—¡Claro que no! ¡Porque llevo una buena faja!
—¡Joder! ¡Pues yo te veo guapísima! ¡Más madura, más mujer!
—El que está tremendo es este. ¡Míralo, lo mazao que se ha puesto! ¡Como se nota que no tienes hijos!
—¿Mazao? Lo que tengo es una abdominal completa y redonda aquí delante… ¡Si me saco la barriga, os pensáis que estoy preñao de seis meses!
—¡Mirad! ¡Mirad mis lorzas!
—¡Pues yo no digo nada!
—¡Eso! ¡Tú cállate que estás mejor que nunca! ¡Menudas tetazas has echao!
—¡Sí! ¡Después de dar pecho a tres churumbeles es lo único bueno que me ha quedado!
Ella callaba. Se había acostumbrado a convivir con sus imperfecciones: las arrugas en su contorno de ojos, su nariz grande, el michelín que le rodeaba la cintura o las terribles varices que atestaban sus piernas… Ella escuchaba y sonreía.
—Y tú, ¿qué dices?
—Estás ahí callada… ¡Claro, con lo bien que te va!
—Me va igual de bien que al resto.
—Sí, pero tú no te has quedado sin pelo…
—¡Y tampoco has cogido peso!
—Yo también llevo cambios parecidos a los vuestros… Lo único es que ya no me hago autosabotaje.
—¡Toma!
—¿Y cómo es eso?
—Pues que me acepto a mí misma con lo que tengo. Me quiero como soy.
Todas las miradas se centraron en ella. Sonrisas y caras de asombro la rodearon con curiosidad, queriendo saber más sobre ese estado de paz interior al que ella había llegado con gran esfuerzo.
—Veréis. Tu cuerpo es tu cuerpo. Vamos viviendo sin escuchar sus reacciones, maltratándolo… O lo que es peor, martirizándote a ti misma por un montón de cosas físicas que no te gustan y que ni cambian ni van a cambiar… Y lo cierto es que convives con él. Los años que estemos aquí, que sigamos con vida, vamos a estar con él, con nuestro cuerpo. No va a haber otro.
—¡Vaya! Es como la familia: ¡la que te toca y punto!
—Es más grave todavía. Con tu madre, con tu padre, con tus hermanos aprendes a convivir y a aceptarlos como son… ¡hasta que te vas de casa! Eso es mucho más llevadero.
—Sin embargo, no te puedes independizar de tu cuerpo… ¡Es el que tienes!
—Te guste o no, tu cuerpo va a acompañarte toda tu vida… ¿Merece la pena sufrir por cosas de él que no te gustan y que desearías que no fueran así?
—No, no merece la pena. Yo llevo toda mi vida haciendo dietas y siempre estoy más o menos igual…
—Bueno, pues eso. Yo me acepto como soy, con lo que tengo… Vivo mucho más feliz.
—Lo que peor llevo yo es la cantidad de veces que la gente me hace comentarios sobre mi peso…
—La gente opina. Y eso no nos puede condicionar. Lo típico que se te dice: «Hola, ¿cómo estás? Has perdido peso».
—O directamente: «¡Joder, te has quedado calvo!».
—Yo paso de todo. Me miro y me acepto. Y agradezco cada día lo que tengo…
—Autosabotaje… ¡Qué pasada!
—¡Dios! ¡Yo me lo hago a diario!
—Yo, también…
—¿Y cómo has llegado a esas conclusiones?
—Mirad… ¿Sabéis qué es lo más importante de todo? Que tenemos salud. ¡Y no es lo típico que se dice! ¡Yo ahora valoro la salud más que nunca! Acepto mi cuerpo, con sus defectos, y le agradezco cada día que se mantenga sano, que me permita tener calidad de vida muchos años más…
—¡Que no nos traiga un cáncer o cualquier otra enfermedad grave!
—Hay muchas enfermedades. Tengo una amiga con fibromialgia… ¡Es terrible por lo que está pasando!
—¡Eso sí que es duro! ¡Y no quedarse sin pelo!
—O que te quedes sin algún órgano, por culpa de un cáncer.
—¡Pues sí! ¡¿Ahora entendéis que estamos fantásticas?!
—¡Estamos fabulosos!
—¡Me gusto y me quiero!
Y brindaron por sus recuerdos de juventud, por la amabilidad con la que les estaba tratando la vida, por la amistad y por la abolición del autosabotaje.
Susi Rosa Egea
Escritora, 5ª Finalista Premio Planeta de Novela 2024
www.susirosa.es





