En uno de esos paseos sin rumbo fijo por la Glorieta, móvil en el bolsillo y auriculares colgando del cuello, acabé escuchando una conversación que no iba conmigo… pero me atrapó. Dos hombres de más de ochenta años hablaban sentados en un banco, tirando de memoria y de lo que, según decían, les habían contado sus padres. Comentaban cómo era Elche “cuando todo era alpargata”, cuando las fábricas marcaban el ritmo del día a día. Y entre nombres que iban y venían, uno se repetía varias veces: Vicente Sansano Fenoll.
No lo mencionaban como a un héroe ni como a un villano, sino como a alguien que estaba en todos lados. “Ese estaba metido en todo”, soltó uno. El otro recordó que su padre siempre decía que Sansano tenía una fábrica, tierras y además mandaba en el Ayuntamiento. Ahí fue cuando pensé que, si ese nombre seguía vivo en una charla casual más de cien años después, algo tendría detrás.
Vicente Sansano Fenoll fue uno de los grandes empresarios ilicitanos de la primera mitad del siglo XX. Empezó fabricando alpargatas a finales del siglo XIX, cuando Elche comenzaba a transformarse en ciudad industrial, y supo moverse con los cambios. Apostó por el textil, fue de los primeros en pasar del calzado tradicional al zapato y más tarde al vulcanizado, y nunca dejó de explorar nuevos negocios.
Además de industrial, también fue un gran propietario agrícola y estuvo implicado en proyectos clave para la ciudad, como el abastecimiento de agua o la llegada de la electricidad. Participó en la creación de empresas estratégicas y ocupó cargos importantes en entidades económicas locales, lo que le dio una influencia notable en la vida ilicitana.
La política fue otro de sus frentes. Llegó a ser alcalde de Elche en 1910 y mantuvo una trayectoria marcada por giros y cambios de bando. Según los relatos que se han ido pasando de padres a hijos, fue un empresario poco convencional, capaz de enfrentarse a otros patronos y de moverse con soltura entre distintas corrientes políticas, algo que no era nada habitual en aquella época.
También entendió pronto el poder de la comunicación. Colaboró en varios periódicos locales y durante años sostuvo su propio semanario, desde el que defendía sus ideas y, de paso, sus negocios. Su vida no estuvo exenta de episodios duros, como el atentado que sufrió en 1915, del que sobrevivió, y que aumentó aún más su fama en la ciudad.
Murió en 1944, pero su empresa, conocida simplemente como “la fábrica de Sansano”, siguió funcionando durante décadas y dio trabajo a cientos de personas. Hoy, su nombre ya no aparece en rótulos ni en titulares, pero sigue colándose en conversaciones como la que escuché aquel día en la Glorieta. Y eso, en una ciudad con tanta historia como Elche, dice bastante.






Juan Sempere Albert













