Aunque hoy cada una va por libre, con sus alcaldes, fiestas y Semana Santa, hubo un tiempo —largo, por cierto— en el que Elche y Crevillent eran casi lo mismo. Y no hablamos solo de estar cerca geográficamente. Desde el siglo XIV hasta bien entrado el XVIII, Crevillent fue literalmente parte del marquesado de Elche. Misma familia al mando, mismo conflicto de intereses… y muchas historias cruzadas.
Todo arranca en 1391, cuando el rey Martí l’Humà decide vender Elche y Crevillent a la baronía de Barcelona para costearse una expedición militar. Ambas localidades quedan unidas bajo ese control hasta que, en 1470, los Reyes Católicos toman el relevo y le entregan ambas a Don Gutierre de Cárdenas. Así nace el marquesado de Elche, con Crevillent dentro, gobernadas como una sola unidad feudal.
Pero claro, no todo fue tranquilidad. En 1520, en plena revuelta de las Germanías, Crevillent se rebela contra el señor feudal. ¿La respuesta? Un ataque desde Elche junto al Marqués de los Vélez que devuelve el control a los Cárdenas. Queda claro quién mandaba.
Y entre guerras, reformas y batallas religiosas, la historia compartida sigue: el bautismo forzoso de los musulmanes, la conversión de mezquitas en iglesias, y el desarrollo de unas estructuras administrativas tan parecidas que hoy cuesta diferenciarlas. Durante mucho tiempo, la plaza central de Crevillent y sus edificios públicos no eran muy distintos a los de Elche. Mismo modelo, mismo poder.
Durante la Guerra de Sucesión, en el siglo XVIII, Crevillent vuelve a entrar en el tablero político. Primero apoya —aunque con cautela— al bando austracista. El 19 de agosto de 1706, los partidarios de Carlos III entran triunfantes en Elche, y ese mismo día, las tropas austracistas pisan Crevillent. Pero el romance con los Habsburgo dura poco. En octubre, el obispo Belluga contraataca con 4.000 hombres. Elche resiste y cae a sangre y fuego. Crevillent se entrega sin oposición. Resultado: los borbones lo dejan estar, y el pueblo mantiene su gobierno intacto.
Eso sí, tras la guerra, llega la factura. En 1707, Felipe V abole los fueros valencianos y castellaniza la administración. Adiós al “justícia”, hola al alcalde. Y los “jurats” se convierten en regidores. Se acabó el Consell y nace el Ayuntamiento tal como lo conocemos. Incluso los apellidos sufren adaptaciones forzadas al castellano.
Y mientras tanto, la vida en Crevillent seguía con su propio pulso: médicos bien pagados, maestros cobrando una miseria (sí, incluso en 1706), mujeres ejerciendo como comadronas, y toda una estructura local muy parecida a la de Elche, porque literalmente eran parte de lo mismo.
Aunque desde el siglo XIX Crevillent funciona de forma totalmente independiente, la herencia de esa historia común está muy presente. La relación entre ambas sigue viva a través de la figura de “ciudades hermanas”. Pero más allá de protocolos, lo cierto es que comparten cultura, nombres, formas de hablar, apellidos y un tipo de identidad que tiene muchas más coincidencias que diferencias.
Al final, Crevillent fue de Elche durante siglos. Y aunque ya no lo sea, el pasado no se borra tan fácilmente. Está en los documentos, en los edificios antiguos, en las fiestas populares… e incluso en esa sensación de “familiaridad” que se respira cuando paseas por sus calles. Porque si rascas un poco la superficie, Elche y Crevillent siguen latiendo con el mismo corazón.






Iván Hurtado












