Olvida los arqueólogos con sombrero y látigo. A principios del siglo XIX, Elche tuvo su propio explorador: José Antonio Llobet i Vall-llosera, un crack de la geología, mineralogía y todo lo que oliera a ciencia, que además sabía dibujar mapas y croquis como un profesional del GPS.
Nacido en 1799 en Barcelona y huérfano desde niño, Llobet no se rindió y se lanzó al estudio del mundo natural con pasión. Su última misión, a los 62 años y ya enfermo, fue llevar agua a los vecinos de Elche, un reto nada sencillo en la época.
En 1839, el Ayuntamiento de Elche lo llamó para inspeccionar un pequeño manantial en la partida de Las Saladas. Llobet llegó con su libreta, su sonda y sus ideas claras: había que encontrar maneras de “hacer brotar” el agua atrapada bajo el suelo mediante pozos artesianos y galerías horizontales. Sus memorias y croquis no solo describían el terreno y los caudales, sino que daban instrucciones exactas para excavar, canalizar y mejorar fuentes como la de Barrenas, la Fuente del Sastre o la Fuente Antigua de Crevillente.
Sus consejos eran tan precisos que inspiraron la creación de la Sociedad Artesiana de Elche, que años después lograría perforar los pozos correctos y llevar agua a la ciudad. Aunque muchos intentos iniciales fallaron —pozos secos, caudales que desaparecían— las ideas de Llobet fueron la guía para proyectos posteriores que incluso hoy han influido en el riego de la huerta y el abastecimiento industrial de la zona.
Más allá de Elche, Llobet trabajó por todo el sureste español, dejando informes sobre geología, aguas subterráneas, antigüedades, jeroglíficos e incluso fiestas populares. Murió en 1862 en Alicante, pero su legado queda en cada croquis, cada memoria y, sobre todo, en cada gota de agua que logró hacer surgir de la tierra.
Así que la próxima vez que abras un grifo en Elche, piensa que hace casi 200 años un científico obsesionado con la geología ya estaba trazando caminos subterráneos para que esa agua llegara hasta ti.






Daniel Ruiz Perona












