FIESTAS

Elche despierta pese a la lluvia con la magia intacta de los Reyes Magos

Ni el mal tiempo logra apagar en la ciudad la ilusión del 6 de enero, una noche en la que Melchor, Gaspar y Baltasar vuelven a unir continentes, tradición y emoción para recordar a los ilicitanos que la magia siempre encuentra su camino
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Iván Hurtado
06 de enero de 2026 - 04:19

La madrugada más mágica del año no entiende de edades. Cada 6 de enero, cuando aún resuenan los ecos de la Navidad, España vuelve a mirar al cielo con los ojos de un niño y el corazón lleno de ilusión. El Día de Reyes Magos no es solo una fecha marcada en el calendario: es una tradición que huele a roscón recién cortado, a zapatos bien colocados junto a la puerta y a nervios que no dejan dormir.

La historia de esta celebración nace hace más de dos mil años, en un pasaje breve pero cargado de simbolismo del Evangelio de Mateo. Allí se cuenta cómo unos magos llegados de Oriente siguieron una estrella hasta Belén para adorar al niño Jesús. No se decía cuántos eran ni cómo se llamaban, pero la tradición fue poniendo nombres y rostros a aquella escena hasta convertirla en un relato universal. Melchor, Gaspar y Baltasar llevaron oro, incienso y mirra, regalos que hablaban de realeza, divinidad y destino, y que con el tiempo se convirtieron en el germen de una de las tradiciones más queridas.

Con los siglos, también se dotó de significado a sus nombres y a su representación. Melchor, cuyo nombre se asocia al hebreo y puede interpretarse como “rey de la luz”, suele representarse como un anciano de barba blanca y simboliza Europa, la sabiduría y la experiencia. Gaspar, de origen persa y cuyo nombre significa “administrador del tesoro” o “portador de riquezas”, representa Asia y encarna la madurez y la generosidad. Baltasar, con un nombre de origen babilónico que se traduce como “Dios protege al rey”, simboliza África y la juventud. De este modo, los tres Reyes Magos representan a los tres continentes conocidos en la Antigüedad, transmitiendo un poderoso mensaje de universalidad: toda la humanidad se une para rendir homenaje al niño Jesús.

En España, la Epifanía fue durante siglos el verdadero corazón de la Navidad. Mucho antes de que Papá Noel se colara por las chimeneas, eran los Reyes Magos quienes traían los regalos, y lo hacían con ceremonia, misterio y una noche entera de magia. Aún hoy, la víspera del 5 de enero transforma calles y plazas en escenarios de cuento. Las cabalgatas iluminan el invierno con carrozas, música y caramelos, mientras los niños estiran las manos y los adultos, aunque finjan lo contrario, también buscan atrapar un trocito de esa ilusión.

Cuando cae la noche, los hogares se llenan de pequeños rituales heredados de generación en generación. Zapatos bien alineados, cartas escritas con letra temblorosa, agua para los camellos y algún dulce para Sus Majestades. Es una espera silenciosa y emocionante, la certeza infantil de que algo extraordinario va a suceder mientras dormimos.

El amanecer del día 6 llega con carreras por el pasillo, risas, sorpresas y abrazos. Y casi siempre, alrededor de la mesa, aparece el roscón de Reyes, ese círculo dulce que guarda secretos en su interior. Una figurita convierte a alguien en rey por un día, mientras el haba, entre bromas, señala a quien tendrá que pagar el postre. Tradiciones sencillas que, año tras año, siguen uniendo a las familias.

El Día de Reyes también cruza fronteras. En México, Puerto Rico, Francia o Italia la magia adopta otras formas, pero mantiene la misma esencia: celebrar la ilusión compartida. Y no es casualidad que una de las cabalgatas más antiguas del mundo se celebre en Alcoy desde 1866, prueba de que esta tradición late con fuerza desde hace generaciones.

Quizá por eso el Día de Reyes sigue siendo especial. Porque nos recuerda que creer es un acto poderoso, que la magia existe mientras alguien la espere y que, al menos una vez al año, todos —niños y mayores— podemos volver a mirar el mundo con asombro. Porque en la noche del 5 al 6 de enero no solo llegan los Reyes Magos: regresa, aunque sea por unas horas, la infancia.

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