CULTURA

Las Salinas: el tesoro salvaje donde Elche y Santa Pola se funden con el mar

Un paraíso de flamencos rosas, dunas infinitas y paisajes de sal que guarda tres décadas de historia como parque natural
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Daniel Ruiz Perona
17 de agosto de 2025 - 09:50

El Parque Natural de las Salinas no es solo un espacio protegido, es un espectáculo natural que late entre Elche y Santa Pola como si fuera un pulmón salado que respira mar y vida. Son 2.469 hectáreas de pura diversidad, donde las charcas de agua salobre se mezclan con dunas salvajes y con ese paisaje blanco y brillante que dibujan las montañas de sal, fruto del trabajo de generaciones en Bras del Port y Bonmatí. Desde el aire parece un mosaico pintado a mano, y desde tierra se convierte en un refugio donde naturaleza y cultura se dan la mano.

Hace no tanto, todo este territorio formaba parte de la albufera ilicitana, un humedal gigante que desapareció con el paso del tiempo y que hoy sobrevive en dos joyas: El Hondo y estas Salinas. El río Vinalopó, con lo poco que le queda de caudal, sigue entregándose al Mediterráneo en este punto, como si se rindiera al abrazo de las aves y del viento. La Generalitat Valenciana lo declaró paraje natural en 1988 y parque natural en 1994. Desde entonces, no ha dejado de ganar reconocimiento: forma parte de la lista RAMSAR y está clasificado como ZEPA, lo que lo convierte en uno de los enclaves más importantes para la protección de las aves en toda Europa.

Y es que aquí los verdaderos reyes no son los humanos, sino los flamencos. Miles de ellos, con su elegante figura y su plumaje teñido de rosa, convierten el horizonte en un cuadro vivo. En ocasiones se superan los ocho mil ejemplares alzando vuelo o paseando sobre las aguas poco profundas. No están solos: avocetas, cigüeñuelas y anátidas forman una sinfonía de vida que llena de movimiento un paisaje que, de por sí, ya parece mágico.

El parque es un laboratorio natural al aire libre. El saladar, con sus plantas curtidas para resistir condiciones extremas, es el gran protagonista botánico. Salicornias, sosas y alcolechas conquistan un terreno donde la sal manda, y entre ellas se esconden tesoros únicos como el limonium santapolense, un endemismo alicantino que solo crece aquí. Alrededor, el carrizal toma protagonismo en las aguas menos saladas, dibujando corredores verdes que siguen azarbes y acequias. Y en la orilla, la vegetación dunar protege la franja de playa entre la torre del Pinet y la casa de la Albufera, levantando murallas naturales contra el viento y el mar.

Visitar este parque es un viaje que no se olvida. Junto a la carretera N-332, en el kilómetro 87,4, se encuentra su centro de visitantes, donde el Museo de la Sal revela el otro rostro de este paraíso: el humano, el del esfuerzo secular de los salineros que convirtieron el agua en oro blanco.

Las Salinas son mucho más que un paisaje: son memoria, biodiversidad y un recordatorio de que a veces, el verdadero lujo está en escuchar el batir de alas de un flamenco o en caminar sobre la arena caliente de unas dunas que llevan siglos cuidando este rincón del Mediterráneo.

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