OPINIÓN

CITA CON LA FE


FacebookTwitterWhatsApp
Susi Rosa Egea
12 de abril de 2026 - 09:27

Aquel año la Semana Santa cayó en abril. Por sorpresa inesperada, el cielo aparcó los altibajos habituales de la primavera y regaló a todos, devotos y ateos, sol y buena temperatura. Pasos con santos, capirotes de nazareno y luminosos cirios procesionaban la oscuridad de las bendecidas calles de Elche; acompasados tambores, afinadas cornetas y profundas saetas sometían el silencioso recogimiento espiritual.

Aun siendo católica por tradición familiar, ella no era muy practicante. Sin embargo, se emocionaba con la intensidad con la que familiares, amigos y conocidos participaban, a diferentes niveles, en los numerosos eventos religiosos programados. Admiraba esa pasión, la gran devoción, el fervor de creyentes y penitentes. La sobrecogía, le generaba un grandísimo interés ese místico estado, o más bien el sentimiento contemplativo, acuñado bajo el término «fe». Por ese motivo, cuando encontraba alguna persona devota, creyente en Dios, ella siempre le pedía que por favor le contara, que le transmitiese, que le explicara su fe… porque deseaba tenerla, tener fe.

Curioseando en las redes sociales, ella leyó:

«Hay quien dice que no tiene fe.

Y lo dice seguro,

como si la fe fuera algo que se tiene

o se apaga.

 

Pero la fe no siempre se entiende.

 

A veces incomoda,

a veces pesa,

a veces se queda

cuando tú ya no quieres quedarte.

La he visto en lo que no encaja,

en lo que duele sin sentido,

en lo que parecía el final

y no lo fue.

Porque no es fuerza,

no es esperanza.

 

Es ese hilo.

 

No el que te salva,

el que no te suelta.

El que sigue ahí

aunque tú dudes,

aunque te canses,

aunque quieras dejar de creer en todo.

 

Por eso nadie está fuera.

 

Ni los que dudan,

ni los que dicen que no creen.

Porque incluso ahí,

en lo más vacío,

en lo más roto,

en lo que ya no espera nada…

hay algo que permanece.

 

Y ahí es donde no se rompe,

aunque tú sí lo hagas.

Y eso es lo único que no se pierde.»

Su piel se erizó. Sus ojos se cargaron de agua salada. Su garganta se secó y se sentía el pulso en las sienes, en las muñecas, en los pies; sí, el bombeo incesante de un corazón ilusionado.

Sintió que debía conocer a aquella mujer, preguntarle por la fe. Y, ni corta ni perezosa, aquel mismo día, a las ocho de la tarde, se presentó en la Iglesia donde aquel ser de luz tenía previsto pregonar la Semana Santa.

«Soy una persona intensa,

de las que siente sin atajos, de las que no pasan de largo ni ante el sufrimiento ni ante la belleza,

de las que creen, que rodearse de las personas adecuadas, es la calma y la paz que necesitamos cada día, por eso, a ellas las cuido con esmero y les entrego todo mi amor.

 

Vivo con una intensidad que nace desde dentro, desde un mundo interior lleno de fe, de pasión y de amor, que da sentido a lo que creo y a lo que soy.

Así es como vivo la vida y así es como vivo la Semana Santa,

no como una tradición que se repite,

sino como un acto de amor y de fe que se renueva cada año.

Mi fe no es perfecta, pero es sincera,

no podría ser de otra manera porque está hecha de confianza.

Y desde ahí, desde esa manera de mirar, de amar y de sentir, nace este Pregón.

Un Pregón con el que no pretendo explicar la Semana Santa, sino que aspiro a que podáis sentirla.

No es mi intención imponer palabras, quiero que esta noche podáis abrir vuestra alma y vuestro corazón.

Porque la Semana Santa nos conecta con lo eterno, es el espejo más hondo del alma humana, porque en ella cabe todo lo que somos.

Es un latido, y una devoción profunda a la Pasión de Cristo.

Es el tiempo en el que la Muerte se hace presente, pero no solo la del cuerpo: es la muerte de nuestras verdades, de los planes que se rompen, de esos días en los que sentimos que Dios guarda silencio, y el amor pesa más de lo que ilumina.

Es el amor desgarrado de una Madre que ve sufrir a su Hijo…, ¿y cuántas madres hay hoy que cargan con cruces invisibles, amando incluso cuando todo les duele?

Es el cansancio de Jesús cayendo bajo el madero, tan parecido al nuestro cuando sentimos que la vida se quiebra, y seguimos andando sin rumbo, buscando amparo para nuestro dolor.

Y aquí, la Pasión se hace camino:

esa fuerza que empuja a amar cuando todo duele,

a creer incluso cuando todo parece perdido,

a seguir adelante aún con el corazón hecho pedazos.

Y entonces, llega la Resurrección,

no como un consuelo fácil, sino como la valentía de volver a vivir después de haberlo perdido todo.

Es volver a confiar,

es elegir amar, aun sabiendo que el corazón puede volver a romperse.

Porque la Semana Santa no se detiene en la herida, nunca lo ha hecho, no se queda en el dolor ni en la muerte, los atraviesa, y desde la pasión y la devoción nos conduce a la resurrección.

 

Hubo un tiempo en que Jesús no caminó solo, doce apóstoles decidieron seguirlo y pusieron su confianza en ÉL.

No porque todo fuera fácil, sino porque creyeron en su palabra, en sus convicciones, y en la esperanza que encarnaba.

Lo siguieron cuando todo parecía ir en contra, cuando el rechazo crecía, cuando el miedo y la incomprensión acechaban, y, aun así, permanecieron a su lado.

Porque creyeron, porque confiaron y nunca desfallecieron.

 

Hoy, siglos después, el escenario es distinto, pero el desafío es el mismo.

Vivimos en un mundo herido, marcado por la prisa, el ruido y la pérdida de valores.

Un mundo en el que cuesta confiar, donde la injusticia duele y la esperanza lucha por mantenerse en pie.

Y quizás, la Semana Santa venga a recordarnos que no podemos renunciar a lo esencial, a lo que somos.

Que es necesario mantener nuestras convicciones, defender nuestros valores y seguir creyendo en el ser humano.

Y creer que otro mundo es posible si mantenemos viva la esperanza, si seguimos caminando con fe y con amor, y confiados en que el bien, siempre tiene la última palabra.

 

San Lucas dijo: “La fe no hace que las cosas sean fáciles, pero hace que sean posibles”.

 

¿Y dónde ponemos la fe cuando todo duele?

¿Dónde ponemos el amor cuando la vida nos aprieta, y las respuestas no llegan?

 

Yo, la fe, la pongo ahí, frente a mi Nazareno. Cada Miércoles Santo el mundo se detiene.

Yo le hablo, lo miro a los ojos, y en ese silencio él me mira y yo siento que me responde.

Porque la fe también es eso: un diálogo que no necesita palabras.

Él me sostiene, me mantiene, y me regala su amor, cuando siento que ya no me queda nada.

A Él le rezo, en Él descanso.

Así vivo yo la Semana Santa, como un diálogo sin palabras entre una cruz que pesa y una fe que no se rinde.  Porque no es solo tradición ni memoria, es amor entregado a la verdad hasta el final, es un corazón que avanza confiando paso a paso, incluso cuando camina en la oscuridad.

Y cuando me visto de Nazarena, cuando esta capa cae sobre mis hombros, ningún año camino sola.

Bajo esta capa llevo nombres, llevo rostros, llevo a las personas que quiero y a las que necesito.

Y con mis pies descalzos, llevo a quienes rezo, a quienes abrazo fuerte en silencio, y a quienes confío al amor de Dios.»

 

Los aplausos de los allí presentes retumbaban tan fuertes que el templo temblaba arrastrado por un terremoto de fervor. Ella aplaudió tan fuerte que ya no sentía las palmas de las manos. Notó las lágrimas cuando estas alcanzaron sus labios. Ahora entendía la fe. Desde aquel día lo tendría claro. Porque tal y como le había mostrado aquella desconocida, la fe siempre estaba, y la acompañaba quisiera ella o no. Porque la fe era eso tan sencillo y tan grande como «el amor».

Relato inspirado en el Pregón de Semana Santa 2026 de Inma Hellín Sánchez de Puerto Lumbreras y otros de sus textos, literalmente citados entre comillas y cursiva.

Susi Rosa Egea

Escritora, 5ª Finalista Premio Planeta de Novela 2024

www.susirosa.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *