OPINIÓN

IMPRESIONES DE UN PASADO (LXIII)


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Pepe Ruiz Torres
23 de agosto de 2026 - 11:51

Desde la distancia y con una lente más objetiva es como se aprecian mejor las cosas. El tiempo cabalga a la velocidad de un rayo y lo que parece presente inmediato se convierte en un pasado emotivo y nostálgico. Las agujas de un reloj no esperan a nadie. Es en ese recorrido vivido que nos ofrece el tiempo donde uno pone en valor todo lo que fue, todo lo que tuvo y todo lo que dejó atrás. En ese camino vivido es donde muchos han querido volver, porque es allí donde encontraron la felicidad. Son muchos los ilicitanos, ilustres o no, que tuvieron que abandonar su Elche natal. Ya sea por motivos profesionales o políticos, tuvieron que hacer sus maletas para emprender un viaje rumbo a lo desconocido. Para muchos, ese viaje fue de no retorno. Siempre llevaron a Elche en lo más profundo de su ser y anhelaron el día en el que pudieran regresar a su terruño.

En los países donde se establecieron, intentarían conservar sus costumbres y sus tradiciones. ¿Se imaginan a uno de los nuestros intentando celebrar una Alborada en EE. UU., en Rusia o en el África más profunda? ¿Se hacen a la idea de lo duro que pudo ser para muchos festejar la Navidad o la Venida de la Virgen alejados de sus seres queridos? Un día tan señalado en el calendario para muchos como un Domingo de Ramos o un Día de las Aleluyas puede resultar conmovedor rememorarlo a miles de kilómetros de casa, donde el tiempo no es el mismo y te encuentras en la más absoluta soledad, como si te hubieran amputado un miembro y no hallas consuelo para superar tanta nostalgia. ¿Y qué me dicen de no poder asistir a las representaciones del Misteri, de no poder cantar un gol de nuestro querido Elche Club de Fútbol en el Martínez Valero? Eso también es duro. No poder ver, con la mirada acuosa de un cuadro de El Greco, coronar a la Mare de Déu e incluso tener que celebrar la victoria de nuestro Elche desde un televisor… Esas son las cosas que uno echa en falta cuando tiene que vivir, temporalmente o de forma definitiva, fuera de la tierra que le vio nacer.

En Elche existe el Día del Ilicitano Ausente. Nuestra querida Venida de la Virgen se encarga de todos los preparativos para que ese día, 27 de diciembre, sea una jornada emotiva. El Ayuntamiento recibe a estos ilicitanos que viven fuera de Elche y vienen a visitarnos en nuestras fiestas de invierno. Siempre que un ilicitano viaja por motivos de placer, con la intención de volver a casa, piensa que se va a encontrar a un paisano. Da igual el país o la distancia que se recorra. Tenemos posibilidades de encontrarnos con alguno de los nuestros, ya que los identificamos por su camiseta del Elche o, tras varias conversaciones con ellos, resulta que son el primo o el vecino de alguien o que les suena tu cara. Es bonito encontrarse con gente de tu pueblo fuera de él, alejado de nuestros bosques de palmeras. Te da una sensación de plenitud y dices: «Xe, però, ¿será verdad que aquí también coincido con gente de la patria chica?». Es bien distinto tener que estar fuera de Elche por obligación o bien por capricho… Eso está claro.

Imagino a los ilicitanos que tuvieron que emigrar a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, con una mano delante y otra detrás, buscando un porvenir más prometedor para ellos y sus familiares. El vacío que sentirían, la soledad tan abrumadora y ese deseo de querer volver más adelante estarían a la orden del día en sus pensamientos. Esos ilicitanos que tuvieron que exiliarse tras la guerra fratricida, muchos de ellos no volverían a pisar tierras ilicitanas. Seguro que tenemos en mente a algún amigo o familiar que vive o ha vivido fuera de Elche. Cuando nos reencontramos con ellos y compartimos cosas, lo viven y experimentan de una forma muy trascendental, como preguntándose: «¿Cuándo volveremos a estar aquí?». Los ves llorar, emocionarse, disfrutar cada segundo de ese regreso temporal y transmitir a sus hijos ese sentimiento de pertenencia.

Creo que todo ilicitano debería vivir fuera de casa al menos una vez en la vida. Así aprenderíamos a valorar lo que tenemos, quiénes somos y lo maravilloso que resulta ser y sentirse ilicitano. Lo máximo que he estado fuera de casa han sido veintitrés días. Fue por ocio, al visitar a mi familia de Córcega. Nunca he tenido que hacer las maletas sin saber cuándo iba a regresar. Creo que no podría estar mucho tiempo fuera de mi «morada natal», fuera de mi gente y de mis puntos de encuentro. Elche atrae, cautiva, apasiona y te crea fuertes vínculos. Como bien saben, tengo mi residencia habitual en la pedanía ilicitana de Los Arenales del Sol y uno ya está volviendo a sentir esa necesidad imperiosa de volver a casa, de volver al centro. Cuando uno está fuera de casa, valora aún más, si cabe, las cosas que tiene cerca. Y Elche se extraña, se echa de menos.

Ese olor a dátil, a «alfabegues», a cítricos y a granados… Todo eso impregna nuestras narices, nos envuelve y nos marca la dirección hacia casa. Las coordenadas geográficas de Elche, 38º 16’ 01’’, nos marcan nuestro hogar, dónde está casa y dónde queremos volver siempre, tarde o temprano. Hoy me encuentro en la jungla de Tailandia, apurando los últimos días de las vacaciones. Atrás quedaron los días de descanso, de fiestas y de excesos. Volveremos en breve a la normalidad que nos aporta a todos el mes de septiembre. Recuperaremos rutinas y sensaciones, veremos objetivos cumplidos y haremos bajar la balanza. Empieza un nuevo curso cargado de nuevos retos y proyectos. A por ellos vamos.

Hoy juega mi Elche en casa contra el club de las palancas, contra una plataforma independentista. No voy a poder asistir al encontrarme a unos diez mil kilómetros de distancia, pero estoy convencido de que el Coliseo Ilicitano rugirá y llevará en volandas a sus gladiadores. A competir y a dejar el nombre de Elche en lo más alto posible.

En memoria de todos los ilicitanos que fallecieron fuera de nuestras fronteras y que están a la espera de volver a la vida eterna.

Salve ILICI AVGVSTA

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