Laurent «Lolo» de Palmas llegó al Elche en 2007 tras haber subido a Primera con el Almería de Unai Emery. En el club franjiverde no tuvo un camino fácil: chocó con David Vidal y terminó apartado del primer equipo, pero en vez de rendirse decidió marcharse a entrenar con el filial para ayudar a los jóvenes y ayudarles en el ascenso. Más tarde, cuando Claudio Barragán se hizo cargo del banquillo y volvió a confiar en él, una grave rotura muscular en el cuádriceps frenó en seco su regreso.
Aquella lesión marcó el principio del fin de su carrera deportiva, que terminó poco después en Ferrol. Sin embargo, su historia con Elche no acabó ahí: el lateral francés decidió quedarse a vivir en la ciudad, donde ha llevado adelante varios negocios. En esta entrevista, echa la vista atrás sin tapujos para recordar sus mejores y peores momentos con la camiseta franjiverde, pero siempre agradecido a una ciudad, asegurando que “todo ese cariño que sentí por parte del club y de la gente hizo que, cuando me retiré, tuviera muy claro que quería quedarme aquí.”
- Llegó a España en 2004, para firmar por el Racing de Ferrol, ¿cómo llevó esa transición de cambiar de país y de idioma?
Yo era francés y llegué al Racing de Ferrol. Después me fui a Almería y ascendimos a Primera División con Unai Emery. Tenía solo un año de contrato con el Almería porque, cuando estaba en Ferrol, me había roto el ligamento cruzado. Llegué en 2004 y, en 2005, sufrí esa lesión. Tenía un traspaso acordado para irme a la Real Sociedad por tres años, pero las negociaciones se rompieron porque estaba lesionado y no podía jugar. Me operaron al día siguiente y me fui a Almería.
En principio, mi contrato con el Almería iba a ser de dos años, pero el Deportivo de La Coruña también estaba interesado en mí. Entonces llegamos a un acuerdo: firmaría un año con el Almería y, si disputaba 30 partidos y mantenía un buen nivel, me iría al Deportivo la temporada siguiente. Ascendimos a Primera División y es cierto que la rodilla me dio algunos problemas, aunque estuve muy bien durante toda la temporada. Jugué 25 partidos, pero al final no se pudo llevar a cabo el acuerdo con el Deportivo.
Después apareció el Elche, que llevaba tiempo interesado en mí. Ya estábamos ascendidos a Primera División desde hacía dos meses y la oferta del Elche había llegado. También tenía propuestas de León, Tenerife y Las Palmas. Había equipos muy buenos, pero yo quería ir al Elche. Cuando mencionas al Elche a cualquier futbolista de España, el campo y la ciudad llaman la atención.
Además, con Unai Emery teníamos un acuerdo: nos había dicho que, después del último partido de Liga, nos comunicaría el futuro de cada jugador del Almería. Debíamos acudir a su despacho después del encuentro para conocer nuestra situación. Como yo sabía que tenía ofertas, le dije: «Mira, tengo al Elche. O me dices que vamos a renovar y renuevo ahora mismo, o me voy al Elche».
Él me respondía que era un jugador de Primera División, que me quería y que no sabía qué más podía decirme. Pero yo le insistía: «Eso no es un contrato para mí. Tengo una familia y tengo que cubrirme las espaldas. Necesito un sí o un no». Entonces me decía: «Lolo, por favor, entiende mi mensaje. Eres un jugador de Primera y yo te quiero». Y yo le contestaba: «Vale, pues hazme el contrato». Pero no había una propuesta concreta en ese momento. Me decía que ya lo hablaríamos al final de temporada.
La semana siguiente jugamos contra el Elche. Di una asistencia a Francisco y ganamos. A partir de ahí, el interés del club volvió a intensificarse. Yo le dije a mi agente: «Mira, voy a aguantar un poco, por si acaso tengo que renovar o no. Pero, si esta semana veo que en el Almería no se mueve nada, me voy al Elche, porque quiero ir allí».
Los acuerdos ya estaban prácticamente cerrados. Después perdí un partido contra el Almería y, al final, dije: «Me voy al Elche».
- ¿Qué fue lo que le convenció en la temporada 07/08 para sumarse al proyecto del Elche CF?
Fue un conjunto de cosas. Yo ya conocía al Elche porque había jugado contra él varias veces. El estadio me llamaba mucho la atención. Además, estaba Bouchard, que era portero del Elche y a quien yo conocía porque lo había llevado personalmente al Racing de Ferrol. Cuando se marchó al Elche, me hablaba del club y me comentaba cosas sobre la ciudad.
También sabía que había un aeropuerto internacional con conexión con Marsella. Yo vivo a diez minutos del aeropuerto de Marsella, así que eso era importante para mí. Sabía que Elche era un lugar con palmeras, tranquilidad, seguridad, sol y playa. Aunque en Almería también teníamos todo eso, Elche me llamaba más la atención por lo que es, por lo que representa y por su estadio. Al final, cuando juntas todos esos factores, piensas que vas a ir a un club histórico.
- ¿Cómo fue su llegada al Elche?
Recuerdo que toda mi vida cambió cuando le dije que sí a Pepe Sepulcre.
Todo tiene una historia detrás. Cuando me peleé con Unai Emery, después del partido contra el Castilla, en aquella época en la que estaban Negredo, Mata y compañía, tuvimos una discusión al terminar el encuentro. Salí del vestuario y me encontré con un periodista. Me preguntó qué había pasado y le dije: «Mira, mañana me voy a Elche y voy a firmar allí». Se quedó sorprendido. Al día siguiente cogí el coche y me fui a Elche. Le había dicho a Pepe: «Pepe, prepara los documentos, que mañana voy para Elche a firmar».
Me preguntó si hablaba en serio y le confirmé que al día siguiente estaría en su despacho. Él estaba encantado y ya hablaba de la presentación. Cuando llegué, nos sentamos con Pepe Sepulcre, Diego Fuentes, Nico y Jesús de Huerta. Estuvimos revisando el contrato dos o tres veces porque había algunos detalles que no aparecían en el fax que yo tenía y que ellos habían incluido. Así que hicimos las correcciones necesarias.
Después fuimos al campo. Allí me puse la camiseta y la bufanda. Esa imagen se me quedó grabada en la cabeza: estaba con el balón en la mano, junto a Pepe, entrando y visitando las instalaciones del Elche. Se me puso la piel de gallina.
En ese momento pensé: «Aquí he venido para triunfar y para hacer algo grande».
Esa era mi mentalidad: llegar a Elche y comerme el mundo.
- ¿Cómo recuerda su debut como franjiverde y en el Martínez Valero?
Recuerdo que mi primer partido fue un Albacete-Elche. Hicimos un buen partido. Al final, yo era un jugador con carácter, de los que iban a por todas, sin tener miedo a nada ni a nadie. Era agresivo en la disputa del balón, me incorporaba mucho por la banda y centraba constantemente. Además, era muy rápido y muy agresivo en los choques. Esas características marcaron mi carrera.
- ¿Cómo era David Vidal como entrenador?
David Vidal era un personaje bastante especial. Era un gran manipulador, en el sentido de que sabía manejar muy bien a la afición y a los periodistas, con aquella manera tan particular que tenía de hablar.
Tenía algo muy bueno: era un auténtico terremoto. Era el típico entrenador de seis meses, capaz de salvar a un equipo o de revolucionarlo hasta conseguir un ascenso. Era un entrenador de impacto inmediato, de revolución. Y a veces viene bien tener entrenadores así. Durante los tres primeros meses éramos un auténtico cañón, pero después acababas cansándote porque el mensaje dejaba de llegar. A partir de ahí, las cosas ya eran diferentes. Por eso nunca solía estar más de seis meses o, como mucho, un año. Después se marchaba porque sabía que no podía durar más tiempo en un mismo sitio.
- ¿Qué le pasó aquella temporada? Empezó jugando bastante, disputó los primeros partidos, pero al final solo terminó jugando ocho encuentros.
Discutí con él porque, al final, teníamos formas de entender el fútbol muy diferentes. A mí me gustaba jugar desde atrás, mientras que su única propuesta futbolística consistía en meter el balón a la espalda del lateral, correr hacia arriba y presionar para recuperarlo.
Yo le decía que podíamos jugar desde atrás. Sin embargo, él no quería salir con el balón controlado ni jugar al toque, con ese estilo de fútbol de combinación. Prefería el pelotazo y la presión. Llegó un momento en el que me cansé de jugar así. Yo quería jugar al fútbol. Venía de trabajar con Unai Emery, con quien jugábamos al fútbol, tocábamos el balón y teníamos una velocidad de juego tremenda. Y, de repente, llegué a un equipo en el que todo consistía en lanzar balones largos, correr y presionar.
Hubo un momento en el que empecé a darme cuenta de sus manipulaciones y se lo dije claramente: «Mira, a mí no me vas a manipular. Déjame que juguemos todos juntos al fútbol, porque tenemos equipo para hacerlo. No somos unos carniceros para estar dando pelotazos hacia arriba o jugar de cualquier manera. Nosotros sabemos jugar al fútbol».
- ¿Se arrepiente de tomar esa decisión de plantarle cara al entrenador y dejar de jugar?
No, es que, al final, él se cruzó conmigo. Estaba su hijo, que era el preparador físico, y él me daba la razón. Pero, claro, su padre era su padre. Los jugadores también me decían: «Lolo, hacemos lo que nos pidas, pero, con los jugadores que tenemos, no estamos jugando al fútbol».
Teníamos futbolistas muy buenos: Pere Martí, Raúl Martín, Raúl Fuster y, en ataque, también estaba Saúl, entre otros. Contábamos con jugadores de calidad para jugar al fútbol y disfrutar. Cuando discutí con él por esta cuestión, me apartó. Después de unos 15 partidos dejó de contar conmigo y ya no quiso volver a meterme en el equipo. Me dejaba fuera de las convocatorias, en la grada, e intentaba humillarme. Al final, quería que las cosas se hicieran a su manera, sin aceptar otra forma de entender el fútbol.
Mi objetivo era no darle ningún motivo para que pudiera señalarme y decir que tenía razón. Por eso, en los entrenamientos iba fuerte, como un guerrero, y me salían muy bien las cosas. Al final, eran los propios jugadores y la directiva quienes hablaban por mí. Llegaron a reunirse con el presidente y con el entrenador para decirles que estaba muy bien y que el equipo me necesitaba. Yo tenía compañeros como Willy Caballero y Fernando Niño, y cuanto más le insistían, menos me ponía.
- ¿Cómo vivió aquellos momentos?
Al final, cuando tienes delante a una persona así y sabes cómo es, llega un momento en el que te desconectas mentalmente. Yo iba a saco porque mi satisfacción era ser el mejor en cada entrenamiento. Sabía que eso le fastidiaba, así que mi planteamiento era sencillo: no iba a darle ningún motivo para apartarme.
También había otros jugadores, como Alfredo y Alberto, a los que tampoco quería. Había varios futbolistas a los que apartó, igual que hizo conmigo. Al final de la temporada, me tenían corriendo alrededor del campo. Entonces le dije a Pepe: «En vez de tenerme aquí corriendo, sabiendo que no me quieren, ponme con el filial. Al menos podré aportar algo de mi carrera y de mi experiencia a los chavales».
- ¿Cómo nació esa iniciativa de entrenar y motivar a los jóvenes junto a Alberto Capón para lograr el ascenso a Tercera División?
Yo siempre he sido una persona que ha creído que la única manera de que los jóvenes puedan desarrollar su carrera es respaldarlos y apoyarlos. Todos hemos sido jóvenes alguna vez. Cuando empecé, con 18 años, ya jugaba como profesional y, con 19, disputaba la Copa de Europa. Los jugadores veteranos me acogieron y me dijeron: «Aquí te quedas y nosotros te vamos a enseñar».
Ese apoyo que recibí de los más veteranos me permitió crecer. Por eso, siempre he querido transmitir a los jóvenes lo mismo que ellos me enseñaron a mí. Cuando vi que David Vidal no quería contar conmigo, pensé que podía ayudar a los chavales.
Pero también te voy a contar otra cosa: tenía la posibilidad de irme al Levante, con Luis García como entrenador. Entonces hablé con Pepe y Jesús para cerrar el acuerdo con el Levante y negociar mi contrato. Sin embargo, en el último momento tomé otra decisión: «Yo no voy a ir al Levante y me voy a quedar aquí. Porque estamos en agosto y sé que a estos los vais a echar a la calle. En octubre estaré yo aquí y voy a jugar».
Les dije que me iba a quedar porque estaba muy a gusto en Elche y quería triunfar allí. Pepe y Jesús de Huerta valoraron mucho mi gesto. Fueron a hablar con Alberto y le dijeron que yo quería entrenar con él. Así que me acerqué y le dije: «Alberto, quiero entrenar contigo. Voy a meter caña a los chavales». Y yo encantado. Empecé a entrenar con los chavales y disfruté como no está escrito.
Les metía mucha caña para transmitirles una idea: «Aquí, para triunfar, hay que mojar la camiseta. Aquí se entrena como se juega». Esa era mi actitud. Siempre había sido así: tirar del equipo hacia delante, transmitir energía y ejercer de líder. Quise aportar todo eso a los chavales. Se creó una mezcla muy buena, todo el mundo quiso implicarse y, al final, las cosas salieron bien. Ascendimos.
Recuerdo perfectamente el día del ascenso. Fui al vestuario y los jugadores me cogieron y me dieron una ducha de agua. Me decían: «¡Gracias!». Pero yo les respondía que no había hecho nada, que simplemente había aportado mi granito de arena. Lo que quería transmitirles era que, si queremos conseguir algo, tenemos que darlo todo por los demás, pero siempre con actitud. Es esa actitud la que, al final, te lleva a alcanzar los objetivos.
Hay una anécdota muy buena. Cuando estábamos en Santa María, antes de empezar, para ir a la iglesia, estaban todos allí. Yo llegué el último. Estaban los jugadores del filial y los del primer equipo y, cuando aparecí, todos empezaron a aplaudirme. El entrenador vio aquella escena y le dio muchísima rabia. Se le notaba.
- ¿Cómo fue su vuelta al primer equipo tras echar a David Vidal?
Lo recuerdo perfectamente. Se terminó un partido a las diez y media de la noche y Claudio Barragán me llamó a esa misma hora para decirme: «Lolo, mañana a las ocho de la mañana te quiero ver en el vestuario».
Me preguntó si estaba preparado y le dije que sí, más que nunca. Cuando llegué al vestuario estaban Fernando, Willy y todos los demás. Todo el mundo estaba contento y empezamos a vivir momentos guapísimos. Volví a jugar y después me enfrenté al Deportivo de La Coruña en un partido de Copa del Rey. Allí me rompí el cuádriceps, concretamente el recto anterior, con una rotura de unos 22 centímetros.
Estaba en el mejor momento de mi forma física. Me encontraba a gusto y atravesaba un momento buenísimo, pero aquella lesión me dejó fuera de combate durante cuatro o seis meses. Después volví a jugar contra el Rayo Vallecano. Lo recuerdo perfectamente porque di una asistencia y empatamos el partido. Sin embargo, seguía teniendo problemas con el cuádriceps y con la rodilla. Era el mismo lado en el que había sufrido la lesión anterior.
La lesión del cuádriceps había sido tan grave que, en teoría, tenían que haberme operado. Pero no podían hacerlo porque existía el riesgo de que el resultado fuera muy malo. Soy un jugador muy seco, muy fibroso y no tengo una musculatura especialmente voluminosa. Por mis características físicas, la operación podía dejarme en malas condiciones. Por eso decidieron no operarme y la recuperación se alargó tanto.
Al final, el problema era que la rodilla no tenía suficiente estabilidad. El cuádriceps es el motor de la rodilla y, como el músculo había quedado tan dañado y más corto, la articulación tampoco tenía la misma seguridad. Intentaba entrenar, jugar y volver a competir, pero no terminaba de llegar. Además, volví a hacerme daño en la rodilla y en el cuádriceps.
Claudio me decía que, si aguantaba bien, podía completar toda la temporada. Cuando empecé a jugar y vio que estaba a buen nivel, incluso me comentó: «Lolo, si sigues así, voy a hacer que continúes el año que viene». Aquello me ilusionaba muchísimo. Estaba emocionado y tenía muchas ganas de seguir, pero al final las cosas no salieron bien y tuve que retirarme.
- Coincidió con dos técnicos de perfiles muy marcados: David Vidal y Claudio Barragán. ¿Qué diferencias principales recuerda en la forma en que cada uno gestionaba al grupo y el día a día?
Claudio tenía algo muy importante: había sido futbolista. Era un jugador de campo, de vestuario, que había vivido el fútbol desde dentro y que había competido a un nivel muy alto. Había experimentado situaciones muy importantes y, por tanto, sabía cómo hablarles a los jugadores. Sabía cómo acercarse a ellos y encontrar las palabras adecuadas para que nosotros mismos fuéramos a muerte con él. Su mensaje te llegaba y eso hacía que nos implicáramos al máximo. Además, le teníamos un respeto enorme por todo lo que había conseguido, por lo que había hecho y por cómo era como persona.
Al final, todos esos detalles hacen que la maquinaria funcione y que nadie pueda pararte. Cuando Claudio me llamó y me dijo que me quería en el equipo, le contesté: «Si quieres, voy ahora mismo al vestuario y me preparo para mañana». Cuando llegué, los jugadores ya me estaban esperando y la directiva estaba encantada. Todo ese cariño que sentí por parte del club y de la gente hizo que, cuando me retiré, tuviera muy claro que quería quedarme aquí. Pensé: «Aquí me quedo, de aquí no me muevo».
- Justo cuando Claudio toma las riendas del primer equipo y vuelve a contar con usted, sufre esa grave lesión. A nivel mental, ¿cómo encajó un revés así en un momento en el que se le volvía a abrir la puerta?
Fue duro, porque estamos hablando de una rotura de 22 centímetros en el recto anterior del cuádriceps. Cuando ves que te has roto de esa manera, es un golpe muy fuerte. Intenté regresar porque soy muy cabezón y lo conseguí, pero volver en aquellas condiciones era muy complicado. Después, el médico me dijo: «Lolo, para, porque, si no, no hay ninguna duda: si paras ahora, puedes tener una vida normal».
Cuando me retiré en el Elche, decidí quedarme aquí para vivir. Hasta que el presidente del Racing de Ferrol, Isidro Silveira, me llamó y me dijo: «Lolo, acabo de descender y quiero que me ayudes a ascender. Quiero que transmitas tu actitud y tu espíritu a los chavales, que les ayudes a conseguir el ascenso».
Yo estaba cobrando y le contesté: «Mira, no vamos a hablar de dinero. Vamos a hacer una cosa: yo quiero volver a sentirme futbolista, aunque tengo una lesión grave. Te propongo que me pagues la mitad, lo que puedas. Si conseguimos el ascenso, me pagas lo que realmente tienes que pagarme». Llegamos a un acuerdo en esos términos.
Allí hice otra pretemporada y, no sé por qué, por mi manera de ser, acabó pasando lo que pasó. En el último partido de pretemporada, el míster me dijo: «Lolo, juegas la primera parte y después sales». Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: me rompí otra vez. Me rompí del todo. Aun así, intenté volver para ayudar al equipo a conseguir el ascenso. Quería regresar, competir y aportar todo lo que pudiera, pero al final hubo algo que me hizo parar definitivamente.
- ¿Qué fue lo que le hizo darse cuenta de que había llegado el momento de dejarlo?
El momento que realmente me hizo parar fue cuando estaba en el salón de mi casa, en Ferrol. Estaba sentado en el sofá con mi mujer y mis hijos, y no podía moverme. Mi mujer subió con los niños las escaleras porque yo no quería que me vieran en aquel estado. No quería que mis hijos me vieran sufrir ni que presenciaran cómo estaba.
Al día siguiente, en los entrenamientos, siempre me quedaba el último. No quería que la gente me viera sufrir como estaba sufriendo.
- Por recordar su etapa futbolística, ¿cómo era Lolo De Palmas en el campo?
Me llamaban loco porque era un carrilero muy rápido, agresivo y técnicamente bueno, pero mi fuerte era la mentalidad. Mi mentalidad para superar cualquier obstáculo que se me pusiera delante. Y, sobre todo, era una persona que veía muy bien el juego.
Siempre ayudaba a mis compañeros, siempre estaba ahí para respaldarlos. A mi central lo cubría a la espalda y a mi extremo siempre estaba apoyándolo. Si le hacían daño a uno, iba a por el otro y le iba a reventar. Era como un guardaespaldas de mis compañeros, por decirlo de alguna manera.
En la empresa de representación en la que estaba, los dos laterales éramos Daniel Alves y yo. Imagínate. Daniel Alves estaba en Sevilla y yo iba a la Real Sociedad. Era un estilo de jugador de ese tipo, aunque yo era todavía más agresivo en los choques, porque cuando iba, iba. No tenía miedo a nada. Eso es lo que me ha dado el nombre y ha hecho que la gente me recuerde. Cuando llegaba, la gente sabía cómo era.
Sí, era un jugador de huevos.
- Tras su retirada del fútbol, ¿a qué se ha dedicado?
El primer año me dediqué a ayudar a muchos equipos de la zona, a escuelas y a clubes como Zafiro y otros equipos de aquí. También a gente de Elche, que me quería porque decía: «Lolo es un ejemplo como persona. La gente te va a respetar y los niños tienen que aprender de ti». La gente se acuerda de lo que he hecho y de lo que he podido aportar a través del fútbol. Todas esas cosas se comentan aquí, en Elche; al final, es un pueblo. Así que, cuando me retiré, quise aportar un poco de mi experiencia a los chavales. Sentía que tenía que hacerlo.
Entonces empecé a entrenar y transmitía lo que a mí me gustaba: jugar al fútbol, tocar el balón, reírse y disfrutar. No había que tomárselo demasiado en serio; lo importante era tener ilusión y disfrutar. Con los padres conseguimos crear un ambiente en el que todos entendían que estábamos allí para disfrutar. Les decía que dejaran a los niños tranquilos, que yo me encargaba. Al final, éramos un equipo también con los padres, e intentábamos que todo funcionara de manera fluida. Conseguimos formar un equipo brutal. Ganamos casi todo y disfrutamos muchísimo. Incluso llegamos a disputar un torneo en Francia, donde alcanzamos una fase final o una semifinal.
Y lo más bonito es que aquellos chavales, que entonces tenían 12 o 13 años, ahora tienen 23, 24 y algunos 25. Cuando me ven me dicen: «Lolo, ¿te acuerdas?». Y yo les digo que sí. Me cuentan que disfrutaron muchísimo conmigo. ¿Y eso qué significa para mí? Que lo he ganado todo. La gente se ha acordado de mí, de lo que pude aportar, y cuando veo la alegría en los ojos de aquellos chavales al hablar de aquella época, siento que he ganado. Para mí, eso es una victoria.
Después estuve entrenando alrededor de un año y medio, pero decidí parar. Ya no quería más compromisos y quería disfrutar de mi mujer y de mis hijos.
Más adelante monté un negocio. Estuve siete años en un salón de juego. Yo soy una persona a la que le gustan mucho los retos, así que le dije: «También hay un salón; yo me encargo. Tú me pagas tanto y yo me ocupo de todo. Es un reto mío». Me dijeron que yo no era de este mundo, pero le dije que daba igual, que no pasaba nada. Me dejaron las llaves y empecé a organizar eventos en Torrellano, en un salón de juegos.
Al final salió muy bien. Empezó a venir más gente por el ambiente que habíamos creado. Era tan bueno que la gente venía simplemente para disfrutar. Y yo seguía haciendo más cosas, cada vez más. Después de esos siete años en distintos salones de juego, me llamó Wasserman. Tenían un amigo en Francia. Wasserman era muy fuerte allí y quería entrar en España. Un compañero que estaba dentro de la empresa me dijo: «Lolo, vamos a venir a España, pero necesitamos gente de confianza y te queremos aquí».
Sabían que tenía una red de contactos muy buena porque nunca me había desvinculado del fútbol. Muchos de los jugadores con los que había compartido vestuario en España habían acabado siendo directores deportivos o entrenadores. ¿Qué pasaba? Que, cuando a ellos les surgía la posibilidad de incorporar a un jugador francés, me llamaban. Yo les daba información que no tenían. Por ejemplo, utilizaba mis contactos en Francia para preguntar cómo era un jugador dentro del vestuario y cómo se comportaba fuera: si era de salir de fiesta, si era serio… Todos esos detalles que normalmente los clubes españoles, e incluso los entrenadores, no conocían. Como tenía muchos contactos después de tantos años jugando también en Francia, podía conseguir esa información y trasladársela a los entrenadores o directores deportivos.
Como siempre he sido una persona de negocios, empecé también a trabajar con varias empresas de aquí, de Elche. Las cosas están saliendo bien. La parte empresarial me va de maravilla. Muchas empresas de aquí trabajan con Francia y necesitan gente bilingüe. Yo tengo una red de contactos en Francia y otra aquí, en España, en Elche. Al final, todo encaja para que las cosas salgan de la mejor manera posible para todo el mundo. Todos ganamos dinero y ya está. Así he vivido siempre, tanto de los negocios como del fútbol.
- Con la perspectiva de los años y habiendo echado raíces definitivas en la ciudad, ¿qué mensaje le gustaría mandar a la afición del Elche CF y cómo le gustaría que le recordaran los aficionados?
Creo que, al final, la gente sabe cómo soy. Como he dicho muchas veces en la radio, soy muy transparente. Soy como soy. No me caso con nadie y lo que ves es lo que hay. Soy una persona humilde, humana y transparente, y tengo mucho respeto por los demás, porque para mí eso es lo más importante.
Además, muchas personas se acuerdan de mí de cuando jugaba. Pero también se han quedado con esa espina de pensar que fue una pena no haberme podido ver durante toda una temporada. Eso es un poco lo que queda.
- ¿Qué valoración hace de su etapa en el Elche CF y qué ha significado para usted vestir la camiseta franjiverde?
Para mí, vestir esa camiseta es un honor. Es un honor porque ha sido una de las cosas más bonitas que he vivido.
También lo es porque, al final, representas a un club histórico. El Elche representa todo lo que he vivido y todo lo que me ha dado. Además, me ha hecho crecer como hombre.





Iván Hurtado




















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