
El pasado 24 de octubre, el archivero de la Basílica de Santa María de Elche, Joan Castaño, escribía un artículo en el diario Información. En èl, disertaba sobre el cementerio de Santa María. Resulta que los ilicitanos que pertenecían a la parroquia de Santa María, El Salvador o la de San Juan, eran enterrados hasta finales del siglo XVIII en el interior de los templos.
Allí existían unas criptas con nichos y unas tumbas familiares para albergar a las familias más pudientes de la Villa de Elche. Por cuestiones de salubridad y para cumplir con la Real Cédula de Carlos III, se prohibieron los enterramientos en el interior de las iglesias, buscando con ello espacios exteriores y mejor ventilados.
Es por ello que en pleno estallido revolucionario en Francia, se decidiera construir el cementerio de Santa María en los exteriores de la Puerta del Órgano. Este pequeño camposanto estuvo en funcionamiento muy poco tiempo ya que la fiebre amarilla que asoló a la población en 1811, obligó a buscar un espacio mayor para darles el eterno descanso a nuestros antepasados.
Los tres cementerios parroquiales de Elche se vieron desbordados y hubo que localizar una nueva ubicación para albergar a los “más de ocho mil fallecidos”. Este brote infeccioso, conocido también como el “vómito negro”, paralizó totalmente a la población. Acabó con la vida de todos los médicos (Doctores Álamo, Agulló,Granés, Conrado, Aznar y Ripoll), boticarios, sangradores y sepultureros de la población.
La villa de Elche vio cómo fallecía el 40% de una población de veinte mil habitantes. Podemos imaginar el decaimiento de la moral social por la muerte tan desorbitada que reinaba en nuestro pueblo, así como la preocupación logística de ver dónde ubicábamos una gran fosa común.
Elche no estaba preparada para soportar tanta muerte, hubo un reguero de cuerpos y un gran descontrol al no saber dónde darles sepultura. Imagínense la descomposición de esos cuerpos, el olor tan putrefacto que tuvieron que soportar los doce mil ilicitanos que sobrevivieron a la guadaña. Testimonios de la época narran que se encontraban restos humanos por la población que habían sido desenterrados por los canes de la misma.
La ubicación elegida por las autoridades civiles y sanitarias para levantar nuestro actual Cementerio Viejo fue en la Olivera del Llano de San José ( Bancal de la Olivera), actual LLano de San José, al oeste del casco urbano de nuestra población.
El Cementerio de Nuestra Señora de la Asunción no tuvo un arquitecto único ya que su construcción surgió de una extrema y urgente necesidad. Pero puedo citarles a los maestros Felipe García de Rojas, Juan Bautista Gonzálvez y posteriormente, a Pedro León Navarro.
Este Cementerio Viejo, que tardé muchos años en visitarlo por primera vez, tiene una planta cuadrangular y una superficie de unos treinta y cinco mil metros cuadrados.
El recinto posee cuatro patios principales, bautizados con los nombres de las parroquias y barrios tradicionales de la población. Tenemos el Patio de Santa María,el de San Salvador,el de San Juan y el de Santa Teresa.Existe un quinto patios llamado el de “ Los Condenaos”(delincuentes y suicidas), está fuera del recinto principal ( extramuros ).
Cada uno de estos patios se delimitaron con panteones y nichos ya que con anterioridad estaban las fosas y enterramientos en el propio suelo.
Para finales del siglo XIX se habilitó el cementerio civil para aquellos fallecidos fuera del rito católico.
Nuestro Cementerio Viejo destaca por su singularidad, tiene un gran valor arquitectónico e histórico. De hecho está incluido en la Ruta Europea de los Cementerios. Tiene visitas guiadas para grupos y su estética es digna de destacar. No solo se visita a familiares y a amigos difuntos sino que se contemplan verdaderas obras de arte. De joven me imponía cierto respeto pero hoy en día me gusta perderme por sus calles, escuchar el silencio y la soledad, recordar a seres queridos y reconocer en muchas de las lápidas a personajes ilustres de nuestra población que tuve la suerte de conocer a través del estudio de la prensa histórica de nuestro Archivo Municipal.
Cuando paseo por el cementerio siento una emoción difícil de describir en unas líneas, es como si pudiera escuchar esos ecos del pasado, como si me hablaran en silencio y pudiera sentir sus vivencias. Es el peso de la historia de nuestra población en los últimos doscientos quince años, el hecho de poder sentirlo me produce mucha paz.
Tengo enterrados allí a tres de mis cuatro abuelos y a un gran amigo. No como me gustaría, pero siempre que puedo me acerco a visitarlos.
Hoy, celebramos el Día de Todos los Santos, tenemos la tradición de ir a visitar a nuestros seres queridos en estos días, así como de limpiar sus nichos o panteones y de ponerles flores.
Como bien dice la canción litúrgica “La Muerte no es el final”, para los cristianos hay un mensaje de esperanza y de salvación. Tengo fe en la resurrección y estoy convencido que volveremos a ver a nuestros seres queridos.
Como bien dice la Biblia en el Evangelio de San Juan 11:25, “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.
Hoy, Elche corona a su Patrona. Esta tarde, en la representación extraordinaria del Misteri, subirá al cielo en cuerpo y alma. ¿ Existe un mensaje mayor de esperanza ?
Como bien dijo San Juan Pablo II, “el amor vence siempre”.
Disfruten de este día en familia, degusten los buñuelos de viento y los huesos de santo y con el corazón hinchado de fe, entonen un Viva la Mare Déu a los pies de nuestra basílica.
Mientras escribo estas líneas, España entera se desangra. Un accidente ferroviario nos acerca un poco más a la muerte , al dolor y al sufrimiento. En torno a setenta personas fallecen en Urda dejando un panorama desolador. Un sentido homenaje a las víctimas y sus familiares.
En estas representaciones del Misteri no habrá música en el Cortejo, repique de campanas, ni cohetería.
El recogimiento y la oración cobrarán protagonismo.
Descansen en paz y brille para ellos la luz perpetua.




Pepe Ruiz Torres


